Alex22sv
2026-08-288 minAlexander Morales
Para cuidar a otros hay que aprender a cuidarnos a nosotros mismos primero

Para cuidar a otros hay que aprender a cuidarnos a nosotros mismos primero

Reflexión personal sobre el curso virtual 'Cuidado y Prevención para las Nuevas Generaciones en la Vida Apostólica' de la CLAR.

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Durante la semana del 24 al 28 de agosto de 2026, estuve participando en el curso “Cuidado y Prevención para las Nuevas Generaciones en la Vida Apostólica”, ofrecido por la CLAR. Durante esta formación me marcó significativamente la importancia de no solo pensar en el cuidado de los otros (que sí es importante), sino que también hay que procurar el autocuidado. Creo que la frase que mejor define esto es “para cuidar a otros hay que aprender a cuidarnos a nosotros mismos primero”.


Muchas personas se preguntan ¿por qué preocuparse por el otro?, ¿por qué cuidar a otros? Y la respuesta es muy sencilla: porque nuestro Dios es un Dios que (nos) cuida y nos invita a cuidar. Una forma de ver la vocación (en cualquier estilo, sea religioso, laico, etc.) es la llamada de ser cuidadores de los otros. ¿Por qué? Porque los humanos somos vulnerables y frágiles. Somos interdependientes, nos necesitamos los unos a los otros. En nuestras comunidades no puede haber signos de discriminación, indiferencia, violencia, dominio ni división. Por el contrario, estamos llamados al buen trato, la escucha auténtica, la corrección fraterna, la apertura, el diálogo, el respeto, la empatía y la libertad.


Es importante evaluar nuestras realidades. Donde no hay escucha, hay riesgo. Donde no hay libertad interior, hay fragilidad. Donde no hay espacios de palabra, el conflicto se vuelve silencioso. Hay que tener mucho cuidado con no normalizar el sufrimiento y el mal trato. Es necesario denunciar las injusticias. Como san Oscar Arnulfo Romero, estamos llamados a ser la voz de los sin voz.


Estamos llamados a no caer en conformismos: “ya nada puede cambiar”, “es lo que es”, “así se hace y ya”. Siempre el cambio es una opción, un cambio sano. En medio de nuestras oscuridades podemos alzar la cabeza y contemplar la figura de Jesús de Nazaret, nuestro mayor referente, quien también vivió el diálogo entre la esperanza y la desesperanza. Lo más importante es nunca rendirse, aunque parezca difícil, seguir adelante, perseverar y confiar en Dios. Como decía el Papa Francisco, “la esperanza no defrauda” (Rm 5, 5).