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Para cuidar a otros hay que aprender a cuidarnos a nosotros mismos primero
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Reflexión personal sobre cómo hemos alejado la solidaridad como eje central en las familias.
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En la actualidad, vivimos en una sociedad que pareciera haber dejado el valor de la solidaridad como el valor central de las familias. Esto lo podemos ver en la vida cotidiana con personas que se preocupan únicamente por su propia bienestar y no piensan ni se preocupar por los demás ni mucho menos por sus necesidades. Esto es preocupante porque genera un individualismo extremo en el que las personas más vulnerables quedan expuestas a peligros de los que no se pueden defender, como la pobreza, la violencia y las enfermedades.
Un ejemplo de este tema puede ser una familia que se junta para celebrar con gran alegría el cumpleaños de la abuela; todos comparten, celebran, ríen, comen y disfrutan del momento. Sin embargo, al terminar la celebración, cada miembro de la familia regresa a su hogar y deja todos los platos sin lavar, ¿quién tendrá que lavar todo? La abuela. Si bien el motivo de celebración era ella, la falta de solidaridad hace que, al final, sea precisamente ella quien tenga que dejar todo limpio en su propia casa. Nadie se detuvo a ayudarle para que descansara después de su fiesta.
Si bien este ejemplo no es motivo de conflictos enormes, nos permite reflexionar sobre cómo valoramos la familia y el valor de la solidaridad. Ser solidarios implica asumir las responsabilidades que surgen cuando nos encontramos y vinculamos con otros. Una familia solidaria debería ser capaz de reconocer las necesidades de su propia familia y aprender a ayudar sin buscar nada a cambio. Cuidar a quien lo necesita, ayudar con algo tan simple como lavar platos puede demostrar qué tan importante es la otra persona para uno.