Creí que sería un día ordinario, un día más. Creí que tendría que presentarme a la universidad para defender mi evaluación parcial final. Estaba muy equivocado. Desperté y no encontré a mi madre, ni a mi mascota Max. Supuse que habían salido a dar un paseo, cuando salí de mi casa, casi me desmayo. Los vehículos oxidados, la vegetación enorme en los patios. Las casas abandonadas, destruidas. ¿Qué ha pasado? ¿Qué le ha pasado al mundo? ¿Dónde están todos?
Han pasado dos años desde el día que desperté y que todo había cambiado. Había conocido a muchos “amigos”, si es que así se les podía llamar. Carl, el experto en armas y combate; un “rambo” de este mundo. Peter, una computadora andante, con mucho conocimiento. Sarah, tiene una creatividad enorme, puede construir un arma con solo un par de ramitas. Y yo, Axel. He aprendido un poco de todo en estos años. En primer lugar, que deberíamos estar muertos, pero que estamos vivos gracias a un corazón mecánico que teníamos todos, bueno, todos menos yo. Siempre nos preguntamos porque mi corazón no latía a base de un motor, como todos los demás.
Además, todos los que tenían un corazón mecánico, también tenían un brazalete con tres colores: verde, amarillo y rojo. Éstos indican el “nivel de vida” de cada uno. Si se te acaba la batería, mueres. Hasta ahora, habíamos estado luchando contra otros bandos que robaban centros comerciales en busca de energía. También existían bestias horribles. Hombres robots, animales deformados o mutantes, humanos que no tienen conciencia y viven como animales. En verdad que hay de todo, y no son nada agradables.
En estos dos años aprendí mucho, sin duda alguna. Aprendí a cocinar, a luchar, a inventar cosas, y sobre todo… a sobrevivir. Ayer nos dirigimos a una nueva zona sin explorar, y para nuestra sorpresa, encontramos un laboratorio abandonado, o al menos creímos que estaba abandonado. Tras horas explorando el lugar, encontramos experimentos muertos, equipo destruido y cuando creímos que ya no había nada, encontramos un pasadizo secreto. Sin dudarlo, entramos y para nuestra sorpresa, era un laboratorio más pequeño, pero no abandonado. Las pantallas estaban encendidas, habían experimentos activos, y no estábamos solos…
En medio del laboratorio encontramos a un científico trabajando en una pantalla. No esperaba vernos, y mucho menos, verme a mí. ¡Era yo! Una copia mía, creí yo. Para mi sorpresa, aquel hombre no era una copia: era el verdadero Axel. Me dijo que yo era un clon, desarrollado por él, pero que uno de sus compañeros de trabajo me robó hace dos años, y me llevó lejos. El científico que me llevó hasta mi casa, murió casi después de dejarme en mi cuarto, por falta de batería. Casi me desmayo de todo lo que acaba de descubrir.
Quería encerrarme de nuevo para seguir realizando experimentos. Estaba loco. Ni mis amigos ni yo íbamos a permitirlo. Tras un largo tiempo de pelea, Axel (el científico y humano real) escapó del laboratorio e intentó incendiar el laboratorio con nosotros dentro. Logramos escapar y volver al campamento. En 24 horas pasaron muchas cosas, descubrí una identidad mía distinta, falsa. Mis compañeros trataron de animarme, diciendo que al menos yo no necesitaba baterías para vivir, al ser un clon. Eso me alivió, aunque el alivio duró poco al ver al Axel real entrando al campamento. Resulta que antes de escapar me había colocado un rastreador. Tenía el presentimiento de que de este combate uno de los dos no iba a salir vivo. Y así fue. Tras un combate mano a mano, Axel clon vs Axel humano, logró vencerme. Estuvo a punto de dispararme cuando apareció uno de los animales mutantes. Era un lobo, estilo hombre lobo más bien. Lo atacó y murió al instante. Mis compañeros y yo logramos escapar, apenas.
Al momento de escribir estas palabras en mi diario, aunque habíamos vivido demasiado en poco tiempo, todavía nos quedaba un largo camino por delante. Nuevas aventuras, nuevos retos, nuevos descubrimientos. Tenía miedo, pero también sentía esperanza, confiando que podríamos vencerlos con mis compañeros. ¿Quién sabe? A lo mejor un día logremos encontrar batería y vida infinita, o descubramos la forma de no necesitar un corazón mecánico, o siquiera descubramos por qué los necesitamos sin morir. O a lo mejor muramos en una batalla épica, o siendo atacados mientras dormimos. No lo sabemos. Lo que sé es que es parte de la vida, no saber qué depara para nosotros en el futuro. Eso a su vez lo vuelve emocionante. Y creo que eso me basta, vivir cada día como si fuera el último.
Este relato está inspirado en el universo narrativo de Electro, de Javier Ruescas y Manu Carbajo.
Artículos Relacionados
Entrada al postulantado
Texto inspirado basado en mi entrada al postulantado.
El chico que dibujaba universos
Texto libre.